La gloria y la escuela

 

Por: Toni Piñera

Sorprender. He aquí el verbo que audazmente esgrime Alicia, dejando en el tiempo la huella fértil de su genio y sensibilidad, la poesía de sus movimientos, cosiéndonos recuerdos, más y nuevos recuerdos, legándonos un sabor agridulce, por el placer y la brevedad con que la vemos en su arte, que ella tan maravillosamente ha corporizado.  

De Giselle a Odile, de Carmen a Odette, de bailarina a profesora, coreógrafa, MAESTRA de tantas generaciones… ahí está el genio de Alicia, que ahora regresa hasta nosotros en decenas de imágenes que son historia y realidad de una artista y su descendencia.

Se trata pues, de la muestra La gloria y la escuela que el día 30 de octubre (8:30 p.m.) quedará inaugura en el vestíbulo del teatro Karl Marx (Primera y 10, Playa) como parte del 23 Festival Internacional de Ballet de La Habana, y en la que dejan sus huellas cuatro artistas del lente: Graciela Gómez (Chela), Paco Bou, Nancy Reyes y Luis Alberto Alonso.

Cada uno de los artistas están conscientes de la importancia testimonial de la manifestación, de la razón de ser de esas imágenes como parte fundamental de la dinámica fotografía/movimiento, arte/historia, de la idea fundamental de dejar constancia de la Escuela Cubana de Ballet y los artífices que la han hecho posible en el tiempo. Por eso, sus prismas creativos enfocan diversas dimensiones de esa realidad, comenzando por la Maestra, que gracias a la fotografía se pudo “atrapar” en el tiempo la impronta dejada en las tablas. Danza y fotografía, hermanadas, coexistiendo en el instante regalan ahora la historia de lo que fue para que siga siendo.

Alicia, por su arte y también por su atractivo carisma fisonómico, con ritmo de música y contorsiones telúricas, ha encabezado en el tiempo, en calidad de personaje-símbolo, la diversificada interpretación artística visual nuestra de los valores y motivos de carácter danzario. Por eso, vuelve a ser protagonista de estas memorias sobre papel, de la mano de muchos nombres que descienden de su estirpe danzaria y son hoy realidades sobre las tablas. Porque con Alicia no sólo tenemos la cristalización de toda la danza concurrente y remodelada en nuestra historia y cultura, y a una de las más personales y señeras bailarinas de los escenarios de la humanidad, sino, además, a una mujer identificada con los destinos de un pueblo, amén de constituir una de las imágenes de la realidad y del arte que han colaborado en la formación de una poética plástica variada de la cultura nacional.

Paco Bou y Chela lograron atraparla en los momentos vividos en la escena, cuando vestía los personajes que la hicieron eterna, cuando prestaba su piel a la eternidad del instante bailado, por eso tienen un enorme valor de testimonio y también de oficio, porque la enfocan en el momento preciso. Nancy Reyes ilumina sus gestos más alláde las tablas, en las clases, en su ámbito cotidiano, en su diario quehacer de directora y profesora de nuevas generaciones, en su presencia íntima, y busca también en el legado que cruza hoy los escenarios, con una certera mirada… Mientras que Luis Alberto Alonso rescata del proscenio la convergencia de luces, sombras, gestos y realidades que bailan hoy, como evocando el pasado en un presente de gloria. Allí están maestra y alumnos conformando la Escuela.

Metáforas visuales, vida, cruzan ante nuestra mirada subrayando lo escondido en la expresión de cada gesto. Y ahí está Alicia, transformada en cisne o en un espíritu, con la magia de su arte a flor de piel, porque ella es la danza. Podríamos decir que los artistas “dibujan” la danza a través de esta mujer.

Theophile Gautier solía afirmar que las principales virtudes de una gran bailarina eran “la sensibilidad, la pasión, el entusiasmo, el alma demasiado prodigada”. El buen parnasiano, que en tantas cosas se equivocó, acertaba con esa frase de ímpetu romántico. El “elán”, decía, es virtud principal de todas las grandes de la danza. Nuestra Alicia también posee ese hálito de misterio, esa condición irradiante, ese “algo más” tan difícil de definir. Y no sólo en la escena, donde todo el mundo ha tenido la ocasión de comprobarlo, sino en la vida diaria, como ser humano, que es, quizá, el rol más difícil de interpretar.

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