¿Qué tienes puesto?

Tomado de Cubahora

¿Qué tienes puesto?

El otro día casi se me desprende la mandíbula cuando una amiga me confesó que había roto una sábana mientras tenía sexo telefónico. Otra, que no se queda detrás, me contó que había tenido sexo por chat en medio de su oficina. Y yo, como una escolar sencilla, deleitada ante estas intimidades calientes; yo, tan encartonada y pacata que hasta me he enamorado a través de Facebook, pero nunca he concretado un chat picante en esta vida. ¡Qué bueno al menos conseguir fuentes de donde sacar historias cuando las de una son tan mojigatas!

Esa es la verdad, queridos míos, la autora de Intimidades tiene una incapacidad probada para hablar sucio por chat, teléfono, o SMS. Y lo peor es que la idea me entusiasma un mundo, es uno de esos clichés por los que hay que pasar, como tener sexo en el trabajo, en un ascensor, en una bañera, en la calle, en una azotea, en una escalera, en el agua…

Pero la cosa verbal no es lo mío, y al parecer mis amantes lo han notado (o padecen del mismo mal), porque ninguno se ha aventurado a iniciar una conversación al estilo “¿qué tienes puesto?”, que es como el cine me ha enseñado que comienzan estas charlas telefónicas. Ay, el sexo de cine que nos pone la mente tan mala. Y la literatura también. Ahora me ha dado por devorar novelas con contenido erótico, voy por la mitad de Trópico de Cáncer, de Henry Miller, y no he podido esperar para comenzar también la lectura de Las edades de Lulú, de Almudena Grandes. Imagínense cómo anda de atribulada esta cabeza mía.

Sí, muy divertido eso de consumir cine y la literatura de contenido erótico, igual que masturbarse alucinando con estas escenas; pero el reto para mí está en ir un poquito más allá, en transgredirme a mí misma para perseguir el placer. Pero una no es un personaje novelesco, por mucho tinte místico y literario que quiera darle a su vida. Nos acechan miedos, complejos, incapacidades, frenos, angustias, falta de información, prejuicios, en fin, un coctelito de barreras que a veces no hay manera de franquear.

Ahora la tecnología hace mucho más fácil este intercambio erótico. Pero la verdad es que no se trata de nada nuevo, solo hay que buscar los epistolarios de las grandes personalidades de la historia y descubrirlas rendidas por el deseo y la lejanía. ¿Se imaginarían Napoleón y Bolívar que sus cartas de amor se publicarían para consumo todo el mundo?

He virado al revés la casa en busca de un ejemplo para compartirles y he dado con esto: “Aquí estoy yo, ¡esperándole! No me niegue su presencia de usted. Sabe que me dejó en delirio y no va a irse sin verme y sin hablar… con su amiga, que lo es loca y desesperadamente”. Eso le escribe Manuelita Sáenz al Libertador. Ella, que era tan tremenda como para atreverse a decirle a semejante personaje: “Bien sabe usted que ninguna otra mujer que usted haya conocido, podrá deleitarlo con el fervor y la pasión que me unen a su persona, y estimula mis sentidos. Conozca usted a una verdadera mujer, leal y sin reservas”. Fíjense en eso, y estamos hablando de la primera mitad del siglo XIX.

Pero las intimidades de Manuelita se volvieron públicas, y creo que por ahí viene uno de mis grandes miedos en este sentido. Imagínense que una le envíe un correo sustancioso a su novio y que de pronto alguien de la familia revise ese buzón de mail. Yo me muero, se los juro. Tal vez ese es mi primer temor con respecto a estas cibercalenturas, y es que se me parecen a cintas sexuales, de esas que se pueden esparcir como pólvora y luego no hay manera de frenarlas.

Sé que hay en ese miedo mucho de pudor y también falta de atrevimiento. Y lo peor es que me estoy perdiendo una experiencia probablemente muy placentera. Pero sé que con un empujoncito de ustedes puedo replantearme el asunto. Así que cuenten, que seguro tienen mucho que confesar sobre este tema.

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