GeneraciónCubanaXC te informa del gran concierto en La Habana.

¿Cuál es el misterio para que miles y miles de personas, en su mayoría jóvenes, hayan permanecido la noche del sábado hasta las primeras horas de la madrugada del domingo en la explanada donde se alzan las Escuelas de Arte de Cubanacán, al oeste de La Habana, en plena sintonía con un cantante italiano que no es precisamente de los favorecidos en los circuitos insulares de difusión musical? ¿Mero efecto de la fuerte propaganda previa, el magnetismo de la agrupación cubana anunciada para abrir el concierto, o la mística que suelen generar los megaespectáculos?

Todo esto funcionó, pero las respuestas, en primer lugar, deben recorrer la densidad y la altura de la entrega artística de Zucchero y de los músicos que lo acompañaron en la incursión habanera, punto de partida de la promoción internacional de su más reciente producción discográfica, La sesión cubana, aunque incluyó otros temas de su anterior cosecha.

Daniele Lorenzi, directivo de la Asociación Recreativa Cultural Italiana (ARCI), implicada en la organización del concierto desde que solo era un proyecto, declaró a Granma que «esperaba esa reacción del público cubano, por la cultura que posee y el respeto que en todos estos años de Revolución se ha cultivado hacia el arte».

En La sesión cubana, Zucchero se decantó por los corredores latinos que desde hace medio siglo han venido nutriendo una zona notable de la cultura pop / rock —la crítica musical norteamericana ha definido esa vertiente como the latin tinge— desde el bugalú en la onda de Pete Rodríguez y Ray Barreto hasta el sello de Carlos Santana, con declinaciones puntuales hacia el son cubano (Guantanamera), el bolero (Indago dagli occhi del cielo y Cosi celeste) y el merengue (Cuba libre). Combinación perfecta la de los músicos cubanos e italianos, los primeros liderados por el maestro Guillermo Fragoso. Me hubiera gustado, sin embargo, que de inicio se hubiera saldado una deuda de gratitud con quien fue alma y corazón en las sesiones de grabación del disco, el inefable Pucho López, fallecido meses atrás.

Zucchero supo compartir sus propias creaciones con otras de autores que le son afines como Jimmy Lafaye, Tyrone Moss, Milton Brown y el brasileño Hermeto Martins (compositor de Ave María no morro, cointerpretada en el disco por Djavan), y balancear aires bailables y cantables, explosivos y románticos (Sabor a ti, de su autoría, el mejor ejemplo de estos últimos). Pero de principio a fin impuso su estilo, el de una voz con plena convicción que rinde tributo al rythm & blues.

Si algo faltó al espectáculo fue la debida integración de los solistas invitados cubanos (Pedrito Calvo, Laritza Bacallao y David Blanco; X Alfonso, con toda razón al ver que no llegaba su hora, hizo mutis) en su transcurso, pues fueron relegados al segmento del adiós, al parecer por la lógica de la producción simultánea de un material audiovisual previamente pactado. Destaque particular para el maestro Frank Fernández, quien recreó el Ave María en el pórtico de un momento que muchos esperaban, la evocación del Miserere que unió para siempre a Zucchero con el irrepetible Luciano Pavarotti.

Esta nota no debe obviar el papel de Buena Fe en la apertura del acto. Una parte considerable del público asistió imantado por la promesa cumplida de encontrarse con uno de los íconos del pop cubano. Y salió satisfecho, pues el dúo interpretó con ímpetu lo que se esperaba.

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