Explotación laboral en cárceles de Estados Unidos: una forma nueva de esclavitud en el siglo XXI (II)

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La demanda creciente de mano de obra para la explotación industrial en las cárceles de Estados Unidos no se deja a la espontaneidad. Existe una paradoja incompresible:  mientras en algunas regiones del país determinados tipos de crímenes han disminuido de forma relativa, la población penal sigue en aumento, al extremo de haber sido tema de conmoción, estudio, valoración y dictamen de organismos internacionales especializados, que han hecho recomendaciones aceptadas por la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos.

En el informe anual del 2012 sobre la situación penal en Estados Unidos se confirmó que este sigue siendo el país que encarcela a más personas que cualquier otro en todo el mundo.

El análisis particulariza que el Sistema Judicial impone a veces sentencias muy largas viciadas por desigualdades raciales. Causó alarma el confinamiento prolongado de más de 363,000 “no ciudadanos” en el 2010, en centros de detención de inmigrantes, a pesar de que muchos no son peligrosos ni representan un riesgo de fuga para los procedimientos de inmigración.

La situación de hacinamiento en estos lugares deriva en otros males que las autoridades norteamericanas no pueden o no quieren resolver y que se adicionan a los tormentos que sufren los internados, que permanecen allí por tiempo ilimitado en un limbo jurídico.

En mayo de 2011, la Corte Suprema de Estados Unidos decidió que el estado de California debía reducir la sobrepoblación carcelaria. Las prisiones de California no cumplen en proporcionar una elemental atención médica y psicológica, y un panel de primera instancia determinó que la insuficiencia de personal carcelario y el hacinamiento han conllevado una atención muy deficiente. El panel instó al Estado a reducir significativamente su población carcelaria para mejorar la atención; la Corte Suprema de Estados Unidos estuvo de acuerdo. Al cumplirse un año del dictamen, en junio de 2012 los parámetros de desatención en cárceles de ese país seguían por debajo del índice requerido.

El informe en cuestión concluyó además que: “El gobierno federal continúa las políticas abusivas antiterroristas, incluyendo detenciones sin cargos en la bahía de Guantánamo, Cuba; comisiones militares fundamentalmente defectuosas; y el bloqueo efectivo de demandas que buscan reparaciones para las víctimas de torturas.” (sic)

El Censo de Estados Unidos informó en 2011 que 46 millones de personas viven en la pobreza, cifra récord en más de cinco décadas de publicación de estimados de pobreza. Esta cruda realidad creciente y generalizada, sus intersecciones con muchas desigualdades raciales y de género, y su impacto desproporcionado sobre los niños y los ancianos exhiben parte de los graves problemas de derechos humanos en ese país.

Dentro de estos espinosos problemas sin prioridad de solución se destacan los olvidados. Hombres y mujeres de la tercera edad son el grupo de más rápido crecimiento en las cárceles de Estados Unidos, señala un informe de  Human Rights Watch de enero de 2012. El estudio que lleva por título: “Old Behind Bars: The Again Prision Population in the United States” (“Ancianos tras las rejas: La población carcelaria de edad avanzada en Estados Unidos”,  analiza con crudeza esta realidad. Estos presos debido a que experimentan una mayor prevalencia de enfermedades y discapacidades, generan costos médicos entre tres y nueve veces superiores a los de otros internos más jóvenes. Por lo general los exiguos presupuestos se agotan antes de concluir el año fiscal.

Human Rights Watch comprobó que la cantidad de presos sentenciados a nivel federal y de los estados que tienen 65 años o más, aumentó 94 veces más que la tasa de la población carcelaria general entre 2007 y 2010. El número de prisioneros sentenciados que pasan de los 55 años, creció siete veces más que la tasa de la población carcelaria general entre 1995 y 2010.

“Las cárceles no fueron diseñadas para funcionar como establecimientos geriátricos”, afirmó Jamie Fellner, asesora del programa sobre Estados Unidos de Human Rights Watch y autora del informe.

La imposición de penas de prisión prolongadas implica que muchas de las personas que actualmente cumplen condenas  serán extremadamente ancianas cuando salgan de prisión, si esto efectivamente sucede. Human Rights Watch comprobó que prácticamente una de cada diez personas detenidas, el 9.6 por ciento, cumple una cadena perpetua. Otro 11.2 por ciento ha recibido condenas de más de 20 años.

Human Rights Watch visitó nueve estados y veinte prisiones donde entrevistó a funcionarios penitenciarios, especialistas del ámbito correccional y gerontológico, e internos y concluyó que en la actualidad  en estos centros penitenciarios 26,200 presos tienen más de  65 años.  La cantidad de presos estadounidenses que tienen más de 55 años se incrementó en un 282 por ciento, mientras que el total de presos aumentó menos de la mitad, un 42 por ciento. Cifra estimada en 124,400  presos, en el 2012,   que rebasan los 55 años.

Un solo ejemplo parece identificar la situación: En Nueva York, el 28 por ciento de los presos que tienen más de 60 años han estado en prisión en forma continua durante 20 años o más.

Si bien cumplir una pena de prisión es difícil para cualquier persona, resulta especialmente arduo para el creciente número de presos de edad avanzada que se encuentran en un estado físico frágil, presentan limitaciones motrices, auditivas y de visión, sufren enfermedades crónicas y terminales, o ven desmejorada su capacidad cognitiva.

Los hallazgos de Human Rights Watch indican que la cantidad de presos de edad avanzada continuará aumentando, a menos que se modifiquen las políticas estrictas de “mano dura”, como aquellas que establecen penas mínimas, el aumento de las sentencias a cadena perpetua y restricciones a las posibilidades de libertad condicional. Muchos presos mayores continuarán en prisión aun cuando ya son demasiado ancianos y débiles como para poner en riesgo la seguridad pública si fueran liberados, indicó Human Rights Watch.

Sobre las realidades de esta parte poco conocida de Estados Unidos ampliaremos.

* José Luis Méndez Méndez es autor del Libro El Corredor de la Muerte en Estados Unidos.

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